Un equipo de investigación logra reescribir la memoria en ratones usando epigenética

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¿Quiénes somos? ¿Cómo pensamos? ¿Qué sentimos? Tres preguntas que, según una de las hipótesis con mayor respaldo científico actual parten de una misma respuesta: los engramas. Estos engramas son pequeños grupos de neuronas y células de la glía que se comunican entre ellas. Cada engrama es único, pero cada célula que forma un engrama puede participar en decenas o cientos a la vez. Al igual que por una única estación de tren pueden circular trenes que se dirigen a distintas estaciones, una misma neurona puede ser un nodo para varios trenes de pensamiento que pueden no tener nada que ver entre ellos.

¿Pero qué mecanismo es el que decide qué neuronas se conectan a otras? Este mecanismo es el que permite que se fijen recuerdos, y que se forme nuevo pensamiento, la raíz de la función cerebral. Y por supuesto, la respuesta es extraordinariamente compleja. Tanto, que los científicos recién la están empezando a comprender. Entre las varias respuestas que se barajan, destaca la epigenética, es decir, pequeños cambios genéticos pero que no modifican el ADN, sino todo lo que hay a su alrededor.

Si el ADN es el libro de recetas de la célula, la que le dice lo que debería hacer ante cada situación, la epigenética serían equivalente Post-its que se van añadiendo ante distintos cambios. Llevándolo al terreno humano, si tenemos una receta de hacer pan en la que indica que hay que añadir 175 ml de agua, pero probamos y nos sale una masa demasiado pastosa porque nuestra región tiene un agua más blanda, añadiremos un post-it en el que indicaremos que, si hacemos pan en esa región, es mejor añadir 150 ml. No cambiamos la información del libro a no ser que se de esa circunstancia.

La epigenética que controla los pensamientos

Con la epigenética cerebral el mecanismo parece ser similar. Según un estudio liderado por el Profesor Johannes Gräff del laboratorio de neuroepigenética de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, la epigenética de un gen llamado Arc podría estar detrás de la formación de los pensamientos. Es decir, que cuando se vive una experiencia nueva, las modificaciones que se producen alrededor de este gen lo activan o lo desactivan, y podrían resultar en la creación de un nuevo recuerdo o no.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores introdujeron en el cerebro de ratones una versión de la tecnología CRISPR llamada KRAB-MeCP2, cuya función es reprimir o activar la expresión de un gen de elección. Es decir, permite ‘apagar o encender’ la actividad de un gen, en este caso Arc al complicar o favorecer (respectivamente) que la maquinaria que transcribe los genes llegue hasta él.

Una vez introducido este interruptor genético en el cerebro de los ratones, se les entrenó para que no acudiesen a un lugar de un recinto. Para ello, cada vez que pisaban esa zona concreta, recibían una pequeña descarga eléctrica no dolorosa, pero sí desagradable, con la que los ratones no modificados aprendían rápidamente que no era una zona segura y, por tanto, no querían acudir allí.

Los ratones con Arc reprimido no aprendían

Cuando estaban realizando las pruebas observaron que aquellos animales en los que se había reprimido Arc parecía que no aprendían. Una y otra vez acudían al mismo lugar y volvían a recibir la descarga. Por el contrario, aquellos en los que Arc se había sobreactivado aprendían muy rápido y en cuando notaban la descarga por primera vez no volvían a pisar por la zona.

Pero lo interesante del estudio es que, gracias al interruptor molecular, los investigadores podían modificar los recuerdos días después de las pruebas. Es decir, podían desactivar Arc en aquellos ratones que habían aprendido que no debían pisar la zona y, tras esta modificación, se olvidaban de las descargas y entraban en la ‘zona de peligro’ alegremente.

Según indican los miembros de la investigación, tal cual está planteado este experimento sirve para confirmar que, efectivamente, los cambios epigenéticos sirven para controlar la expresión de los genes en las neuronas y que este mecanismo está íntimamente relacionado con la memoria. Aunque también aventuran que a partir de esta investigación podrían nacer nuevas vías de tratamiento para pacientes que sufren de trastorno de estrés post traumático o adicciones. Con este tipo de tecnología, los recuerdos que atormentan a tantas personas y les hacen imposible la vida podrían desaparecer. Pero ¿sería moralmente ético utilizarla para ‘borrar’ esa parte de la persona, aunque se trate de una parte perjudicial? Sin duda es un debate interesante para los comités de bioética del futuro, un futuro donde no sólo se podría cambiar la apariencia externa sino también sus recuerdos y experiencias.

Nota escrita por Daniel Pellicer Roig y publicada originalmente en https://www.nationalgeographic.com.es

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